¿Somos adictos a estar conectados?

El periodista británico Johann Harri acompaña a Aza Raskin y a Tristan Harris en un nuevo episodio del podcast ‘Tu íntegra atención’, del que estamos haciendo este serial de artículos para abordar los problemas principales de la adicción a las redes sociales y de cómo las grandes empresas tecnológicas a nivel mundial captan nuestro tiempo a través de sus cada vez más estudiados estímulos.

En este caso, los tres divulgadores se dan cita para hablar sobre ‘lo contrario de adicción’. El invitado a este podcast, autor del bestseller ‘Tras el grito’, comparte algunos testimonios de profesionales que ha ido recabando a lo largo de su carrera para que podamos realmente comprender cómo está afectando la era tecnológica a la sociedad

En su viaje de casi 50.000 kilómetros a lo largo y ancho del planeta descubrió que “las estrategias más eficientes para luchar contra la depresión, ansiedad, adicción y desconexión son las que combaten las razones por las que nos encontramos mal en el primer momento”. Sus estudios y experiencia le permiten afirmar  rotundamente que “lo contrario de ser adicto no es estar sobrio, sino estar conectado”

La conexión de la que habla se refiere a las comunidades que escuchan, comprenden e intentan ayudar a aquel que tenga un problema. El invitado cuenta en el podcast que visitó el primer centro de rehabilitación de internet, repleto de jóvenes obsesionados con su rol de gamers. La directora del centro confesó que lo que los chicos encontraban en esos juegos era lo que el sistema educativo les había quitado: la sensación de que eran buenos en algo.

Lo cierto es que la mayoría de sistemas sociales señalan o exponen a los individuos que se sienten excluidos y les avergüenzan o culpan de sus problemas en lugar de tenderles la mano. La obesidad, las adicciones o la depresión no paran de aumentar por el sentimiento de humillación y de responsabilidad que le otorgamos a aquel que la padece. 

El mismo Harri ha sufrido depresión desde la adolescencia. Su médico le explicó que algunas personas tienen menos serotonina en el cerebro y por esta razón se sienten así. Él pertenecía al grupo que el doctor comentó y tenía una solución simple y efectiva: antidepresivos. 

Hemos llegado a un punto en el que estamos sumergidos dentro de un mundo caótico, virtual y persuasivo en el que las piedras que vamos guardando en nuestras mochilas nos hacen ir hundiéndonos poco a poco. El ‘oxígeno psicológico’ es una necesidad en nuestras vidas reales, es la vía de escape que nos vuelve a conectar con lo que de verdad importa. No es una solución que los móviles caigan, como del techo de un avión, y nos los coloquemos a modo de máscara por la que respirar. Nuestro ‘oxígeno psicológico’ deben ser, por ejemplo, paseos largos o conversaciones reales y no ‘chupetes tecnológicos’.

Muchas apps tratan de capturar estos momentos de soledad y de “atraparnos” cuando estamos en ellos. En lugar de animarte a llamar a un amigo con el que tener una conversación sincera, a ponerte a buscar un lugar donde relajarte o a colocarte las manos detrás de la espalda para simplemente dar un paseo y desconectar, hacen que el usuario que hay en ti tenga que levantarla y decir: “¿quién más está solo?”. En una charla TED que el periodista realizó en 2019, el propio Harri afirma rotundamente que “somos la sociedad más solitaria de la historia de la humanidad”.

Y es curioso que veamos estas tecnologías como las herramientas que nos han acercado a seres queridos con los que llevábamos años sin tener contacto, a aquellos amigos del colegio, incluso nos han permitido contactar con gente que jamás hubiéramos conocido pero, a la vez, nos han convertido en los seres más individuales que hubiéramos imaginado. 

Nunca antes había sido tan fácil llegar a un sitio que no conoces o elegir una película para ver sin tener que preguntar a nadie. Nunca antes habíamos tenido tantas posibilidades y a la vez tan poca necesidad de interrelacionarnos.  El sentimiento de soledad no tiene que ver con el número de personas con las que interactúas cada día, sino con la importancia de lo que compartes. 

Para Harri, la capa más profunda de la crisis tecnológica es “lo que está haciendo a nuestras habilidades de construir significado y objetivos”. Explica que el profesor de Psicología Tim Kasser, especializado en la relación entre bienestar y materialismo, distingue entre motivaciones internas, que te impulsan a hacer algo porque te hace feliz y te llena; o motivaciones externas, marcadas por presiones familiares, económicas, sociales o por el tan popular postureo. Kasser demostró que estas últimas aumentan la probabilidad de tener ansiedad y depresión y que como sociedad nos mueven mucho más que las motivaciones internas. 

Tristan Harris se pregunta si estas motivaciones intrínsecas son compatibles con los intereses económicos de visitas y modelos de negocio de las gigantes tecnológicas. Necesitan que tu cerebro se alimente de likes y que su droga sea el feedback. Lo alarmante es que las nuevas generaciones han vivido esto desde siempre, es lo único que han experimentado. No tienen la perspectiva de cambio o destrucción social que ha provocado la nueva era tecnológica, porque es su normalidad. De hecho es la nueva normalidad, y no es normal. 

Por su parte, Johann Harri concluye pidiendo “la tecnología humana por la que están luchando en vez de la tecnología destructora que tenemos actualmente”. La sutil degradación de la salud mental podría reponerse si se ofrecieran opciones más conscientes sobre nuestros valores y necesidades. Y tú, ¿alguna vez has buscado que la oreja virtual de las redes escuchara tus problemas? ¿Recuerdas las últimas veces que has estado agobiado o triste? ¿Has llamado a tu amigo o has echado un rato en Instagram? ¿Has dado una vuelta o te has puesto a ver vídeos de YouTube? ¿Has echado las manos atrás o la has levantado?

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