¿Cómo aprenden los adultos?

Cuando hablamos de aprendizaje en el adulto, al igual que hablamos de pedagogía como el arte de educar y enseñar a los niños, se utiliza la palabra andragogía, que puede ser definido como el conocimiento de técnicas de aprendizaje o enseñanzas donde los aprendices son los adultos, es decir, los destinatarios de la formación tendrán edades comprendidas entre los 16 y 65 años.

En este amplio intervalo de edad que constituye la edad adulta, existen una serie de diferencias que deben ser tenidas en cuenta para la impartición y planificación de las actividades de formación. Sin duda, este es uno de los principales retos de la formación en entornos laborales, la adaptación del aprendizaje a las actitudes y/o rasgos, positivos y negativos, que forman parte de la especial psicología del alumno adulto.

El adulto se caracteriza por una serie de actitudes respecto al aprendizaje que pueden resumirse en:

Resistencia.

Aun cuando el recurso más valioso que los adultos aportan a la formación es su experiencia, la propia experiencia suele venir acompañada de ciertas resistencias al cambio ya que, a menudo, el adulto ve la novedad como una amenaza.

Igualmente, existe una resistencia a la formación en base a la imagen negativa de la formación, asimilándola al concepto de formación escolar: memoria, evaluación personal, obligatoriedad,…

Interés.

Se presupone que el adulto asiste por propia voluntad a las acciones formativas, lo que a priori se considera como un elemento positivo. De igual manera, al ser la asistencia voluntaria, el adulto tiende a abandonar la formación si los objetivos o esfuerzos no responden a sus intereses.

Curiosidad limitada.

La curiosidad es un factor importante para el aprendizaje pero mientras que la mente del niño o del adolescente está en expansión, la de la persona adulta solo responde a necesidades concretas, su curiosidad se ha limitado y sus expectativas reducidos. Cuando decide aprender algo nuevo adopta un criterio utilitario y, por tanto, recurre a la formación en la medida en que ésta responde a una necesidad y por ello exige conocer la conexión entre las tareas que realiza y el objetivo. Requiere economía de esfuerzo.

Impaciencia.

Es típico que el adulto se queje de falta de tiempo y de las limitaciones para compatibilizar la formación con responsabilidades laborales o familiares y, en consecuencia, se produzca impaciencia y ansiedad. El deseo de rentabilizar al máximo el tiempo dedicado a la formación puede conducir a rechazar teorizaciones y sobrevalorar casi exclusivamente lo práctico y concreto. Igualmente y, como consecuencia de su sentido de la economía del tiempo y el esfuerzo, el alumno adulto tiende a ser más impaciente.

Miedo al fracaso y falta de confianza en su aprendizaje.

Cuando el adulto se enfrenta a una situación que le reclama un nuevo aprendizaje puede sentir cierta ansiedad y miedo a no poder abordarla con éxito. En general, los adultos suelen dudar mucho sobre sus propias capacidades ante determinados aprendizajes, sobretodo de tipo intelectual, ya sea porque llevan mucho tiempo sin estudiar o porque no tienen las técnicas adecuadas para ello. Ese miedo al fracaso los bloquea.

Pragmatismo.

El adulto, siempre que aprende, busca la aplicación práctica de lo que ha aprendido, es decir, siempre se pregunta para qué le sirve aquello que está aprendiendo y busca la relación entre lo aprendido y su aplicación.

Responsabilidad.

El adulto, habituado a asumir sus propias responsabilidades se resiste a ser un elemento pasivo en su formación por lo que será necesario facilitar su participación.

Ritmo más lento de aprendizaje.

Las personas adultas en general requieren más tiempo que los jóvenes para aprender, salvo en el caso de que se trate de procesos rutinarios de información, ya ejercitados. Deben integrar lo nuevo al conjunto de sus adquisiciones anteriores mucho más amplias, por ello, cuando se trata de aprender muchas cosas nuevas en poco tiempo, no pueden competir con los jóvenes. Sin embargo, en situaciones más favorables de aprendizaje en los que no existe la presión temporal, su aprendizaje suele ser más sólido y preciso.

Según estas características podemos resumir que los adultos aprenden mejor cuando no tienen que recurrir a la memorización, cuando se les brinda la oportunidad de aprender a través de la actividad, cuando se les permite aprender a su propio ritmo y cuando la formación está en consonancia con sus necesidades inmediatas, con el desarrollo de sus tareas y/o su rol social. Los programas de formación deben diseñarse para que el fracaso no se contemple como una opción.

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