Cómo se han adaptado los comedores escolares a la «nueva normalidad»

Ha quedado más que demostrado que la pandemia y los estragos del Covid-19 han puesto patas arriba el mundo tal y como lo conocíamos. Esta nueva normalidad ha cambiado los patrones de conducta y de relación entre humanos que existían hasta principios de 2020 en todo el mundo. De este modo, si echamos la vista atrás, una de las primeras medidas que se llevaron a cabo fue la paralización de la actividad académica y laboral en marzo del mismo año para dar comienzo al confinamiento domiciliario. 

Hasta septiembre de 2020, en los mejores casos, no volvieron los alumnos a ocupar las aulas en la vuelta al cole más atípica hasta el momento. La preocupación por la seguridad sanitaria, la higiene y la necesidad de garantizar servicios como el transporte o el comedor escolar son asuntos que han inquietado durante meses a madres y padres, responsables de los centros y otros encargados de avalar su seguridad y elaborar planes de contingencia.  

La planificación de normas para retomar la presencialidad en la educación ha seguido recomendaciones sanitarias internacionales, europeas y gubernamentales. Además se han impuesto medidas específicas para comunidades o ciudades e incluso adaptadas a las necesidades concretas de cada centro. En los países más desarrollados ha sido una premisa común la incertidumbre de los padres por si era seguro que sus hijos asistieran al colegio en etapas de enseñanza no obligatoria, como en la educación infantil, o a servicios ofrecidos por el centro, como el comedor escolar.

La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) asegura que no hay evidencias de que los alimentos o el agua potable puedan ser una fuente de transmisión de la Covid-19. A pesar de ello, existe la posibilidad de que un trabajador o cualquier otra persona infectada contamine los alimentos o las instalaciones que manipule tras tocarse la cara, estornudar o toser. A esta garantía de seguridad alimentaria se suma la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que incluye entre los beneficios de la apertura de las escuelas el retorno de servicios esenciales, del bienestar infantil y su acceso a la nutrición. 

La tendencia general para la reapertura de colegios ha sido hacer más turnos de comedor y recreo cuando han sido necesarios. Además, se han creado grupos burbuja tanto en las clases como en los turnos de almuerzo para favorecer el control de la propagación del virus en caso de que algún niño o niña fuera positivo en Covid. Por supuesto la higiene de manos, la ventilación, la desinfección de mesas y la separación entre los alumnos han sido medidas obligatorias a las que los pequeños se han adaptado de forma rápida y efectiva. 

En los planes de contingencia y protocolo de los comedores escolares también se han incluido accesos controlados y escalonados con vías de tránsito señalizadas. Se organiza la disposición y el movimiento de los utensilios tratando de limitar los contactos lo máximo posible, además de asignar a cada comensal un sitio fijo dentro del grupo burbuja de su turno de comedor. Se evitan platos o servicios compartidos como ensaladeras o bandejas con pan y en casos como jarras de agua u otros elementos comunes se intenta que siempre sean manipulados por la misma persona. 

Ha sido posible llevar a cabo todas estas medidas gracias al trabajo y profesionalidad de los monitores de comedor, su paciencia, cautela y compromiso con la labor que desempeñan ha sido fundamental para garantizar el bienestar alimentario de los más pequeños en sus escuelas. En cambio, en otros países con circunstancias económicas y sociales más pobres o desfavorecidas, a pesar de la voluntad y compromiso de los monitores de comedor y las escuelas, no han contado con los recursos suficientes para proveer el servicio de comedor escolar. En estos escenarios, el cierre de las escuelas o de sus comedores ha supuesto suprimir la garantía de que esos niños tengan asegurada la que en muchos casos es su única comida completa al día

UNICEF y el Programa Mundial de Alimentos (WFP), estiman en más de 39.000 millones la pérdida de comidas escolares en todo el mundo desde que comenzó la pandemia. Han revelado datos impactantes en el informe publicado en enero de 2021 sobre “Covid 19: Más que una pérdida de la educación” como, por ejemplo, la disminución del 40% de las comidas suministradas en las escuelas. 

Estas organizaciones de ayuda humanitaria hacen un llamamiento a los gobiernos para que prioricen la apertura de las escuelas y comedores, de manera que garanticen las necesidades sanitarias, alimentarias y educativas de todos los niños del mundo, y especialmente en las comunidades más pobres o con menos recursos. La importancia de los comedores escolares y de los monitores y profesionales de este sector de cara al buen desarrollo físico de los niños y a que dispongan de unas garantías nutritivas de plena confianza son, en estos contextos desfavorecidos, aún más esenciales de lo que de por sí lo son en los países más desarrollados.

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